Hoy leí un artículo en el blog de mi admiradísimo Seth Godin, gurú de la mercadotecnia, que me recordó el chiste del que pidió prestada la guitarra al vecino.

El chiste trata de un joven que tiene una reunión en su casa, cuando a alguien se le ocurre que sería bueno tocar la guitarra y cantar unas canciones. El joven no tiene guitarra, pero recuerda que el vecino de enfrente sí, y piensa: "no creo que tenga inconveniente en prestármela". Pero un segundo después, recuerda que es un viejo antipático, y que alguna vez le negó una taza de azúcar. "No importa, se la pido de todos modos". Y un segundo después: "No, pero es realmente odioso: me va dar un sermón sobre las cosas de los demás, sobre cuidar todo, etc". Y así va cambiando de opinión en camino a la casa del vecino. Para cuando llega allá, ya está convencido de que está a punto de lidiar con su enemigo más odiado. Toca a la puerta, y cuando el vecino abre, el joven le dice agriamente: "¡¡ No necesito su estúpida guitarra viejo idiota!¡Por mí puede metérsela en el #%$@!!".

La mejor cualidad del chiste es que se aplica perfectamente a un montón de situaciones, en las que un monólogo -y esto es lo que dice Seth Godin- nos lleva a reaccionar con rudeza innecesaria y gratuita. Aquí en México es común encontrar letreros que dicen "Los baños sólo son para clientes. NO INSISTA". Huelga decirlo, no se me antoja ser cliente de un local que me grita sin que aún me haya puesto necio. Seguro, antes de mí deben haber acudido miles de idiotas pidiendo usar el baño. Y en el mencionado local ya se hartaron de contestarles que no. Incluso ya han gastado más de lo razonable en reparar el baño, que había sido arruinado probablemente por un no-cliente que entró en él. Todo esto lo entiendo. Pero no justifica que, aún a pequeña escala, me pre-griten.

De modo que, la próxima vez que me sorprenda armando un monólogo en el que yo solito esté conspirando contra alguien, recordaré no aplicar la misma medida a quien no conozco.